Nunca hizo falta que los símbolos los impusieran los sabios o los poderosos.
Su fuerza radicaba en que hacían que el alma vibrara. Que la parte más animal, más primitiva, aflorara de nuevo y latiera con el universo. Los colores, las estaciones, la misteriosa vida del sol y los ciclos extraños de la luna. Todo lo que extrañaba, precisaba de una explicación inmediata; la misma que piden los niños de forma insistente ante lo que no entienden.
Así nacieron.
Fueron luego los sabios quienes los estudiaron y los poderosos los que emplearon para su conveniencia.
Sin símbolos no existiría la fantasía. No existirían, tampoco, los secretos, ni se apreciaría la belleza sutil de la huella del viento sobre una duna. Sin ellos, la vida sería plana y primitiva.
La ciencia precisa tanto del símbolo como el arte para convertir lo abstracto en lo concreto. Ni siquiera la palabra resulta tan importante. El símbolo une, cosa que no siempre hacen las palabras.
Sólo mueren los símbolos cuando agonizan las civilizaciones que los han creado. Es su fin. El mismo que lleva a la ruina la mente que lo creó. No queda de ellos ni el recuerdo, carecen de sentido, como objetos sin uso, pero para recordarlos sirve la literatura, y también el arte. Para ver el mundo de otra manera. Para transformar la realidad en otra cosa y dividirla en infinitos planos, en matrioskas (muñecas huecas que encajan una dentro de la otra). Para recuperar la mirada atónita de los primitivos, de los niños que miran al fuego y parpadean... y preguntan ...¿por qué?
Espido Freire. Escritor
jueves, 18 de febrero de 2010
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